Durante seis meses, el Municipio de San Cristóbal jugó al desgaste con la Provincia. Acusó falta de ayuda, reclamó asistencia y construyó un relato de abandono. Pero cuando llegaron los fondos gestionados por el senador Felipe Michlig, el diputado Marcelo González, los rechazaron sin titubear.

¿La razón? Querían que el dinero se les entregue directamente, sin pasar por el Concejo Municipal, evitando los controles y el tratamiento institucional correspondiente. No era una cuestión de tiempos ni de trabas burocráticas: era una exigencia política y arbitraria. Querían el dinero en mano.

El enojo social crece, y ya no hay excusas
Con el correr de los días, la presión ciudadana fue en aumento. La gente empezó a darse cuenta de que mientras las calles siguen intransitables y la Terminal cae a pedazos, el Municipio elige no firmar convenios por puro capricho político.
Los más de 67 millones de pesos disponibles —$32 millones para pavimentar el acceso al Jardín de la Escuela Nacional y $35 millones para el techado de la Terminal de Ómnibus— siguen demorados por decisión del Intendente, que no quiere someterse al control del Concejo.

Pero ya no hay margen. El malestar social es evidente, y todo indica que el intendente Andreychuk no tendrá más opción que aceptar la ayuda, aunque sea después de las elecciones del domingo 29, cuando ya no pueda disimular más la falta de gestión y las prioridades equivocadas.
No es para el intendente, es para la ciudad
El argumento de «Autogestión» y “nosotros solos podemos” ya no resiste el menor análisis. El dinero que sale del Municipio es de todos los vecinos, y debería estar usándose para ripio, mantenimiento urbano y atención cotidiana. Los fondos provinciales permitirían liberar recursos locales sin afectar las arcas municipales.
Pero por orgullo, el gobierno local prefirió cerrar la puerta a una inversión millonaria que no le costaba un solo peso al contribuyente. Lo hizo por estrategia, no por convicción. Por ego, no por responsabilidad.
El progreso sigue atado al capricho
El senador Michlig fue claro:
“Si se dejan ayudar, con solo la aprobación del Concejo, la inversión llegaría de inmediato”.
Pero el Municipio se negó a ser ayudado si eso implicaba rendir cuentas. Y eso ya no es un error: es una forma de gobernar. O más bien, de no gobernar.















