El debate desatado en el Concejo Municipal de San Cristóbal por los “bonitos” del parque trasciende la anécdota y expone una cuestión de fondo: el uso —y posible abuso— de los recursos públicos para fines políticos.
Durante la sesión, los concejales Edgardo Martino y Pablo Bonacina solicitaron explicaciones al Ejecutivo por la impresión y distribución de tickets con la leyenda “Gestión M. Andreychuk”. Si esos “bonitos” fueron financiados con dinero municipal, es legítimo —y obligatorio— que se rindan cuentas. No se trata de una cuestión partidaria, sino de transparencia.
Más allá del gesto simbólico, estampar el nombre de una gestión en un beneficio público resulta, cuanto menos, inapropiado. Lejos de representar un acto de buena voluntad, termina siendo un mensaje de autopromoción disfrazado de solidaridad. Además, coloca en una situación incómoda y casi denigrante a quien recibe el bono, convirtiendo un «gesto» en una dádiva política.
La frase de Martino, “Ni Ruckauf se animó a tanto populismo obsceno”, puede sonar exagerada, pero desnuda un mal recurrente: el populismo de baja escala que se disfraza de cercanía con la gente. Porque, si se quiere ser solidario, que sea con dinero propios, no con el dinero de todos.
Lo más grave es que este tipo de gestos se dan en un contexto de visibles carencias. San Cristóbal tiene calles deterioradas, problemas de infraestructura y un intendente que reconoce que no le alcanza para comprar ripio. En ese marco, cada peso invertido en propaganda política es un peso menos en servicios esenciales.
La política local debería entender que la empatía con la gente no se compra con papelitos que llevan una firma. Se construye con obras, con transparencia y con respeto al dinero público.












