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El aplauso que tapa el problema

La implementación de un comedor en la Escuela 223 fue celebrada en redes sociales como un gesto solidario. Pero detrás de esa reacción hay algo más profundo: una realidad que duele y que muchos parecen no querer mirar de frente.

SCaldia
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SAN CRISTÓBAL – En los últimos días, buena parte de la comunidad expresó su alegría por la puesta en marcha del comedor en la Escuela 223. La escena se repite: mensajes positivos, felicitaciones y una sensación de alivio compartido.

Pero hay un dato que no es menor y que ayuda a entender mejor la situación: los estudiantes ya venían accediendo a este servicio, aunque no en su propia institución. Durante un tiempo, los alumnos debían trasladarse hasta la Escuela Rivadavia para poder comer.

Lo que ocurre ahora no es la creación desde cero de una solución, sino la adecuación de un esquema que ya existía, permitiendo que los chicos puedan hacerlo en su propio espacio escolar.

El rol clave de la escuela y las gestiones provinciales

En este proceso, hay actores que resultaron determinantes y que merecen ser señalados con claridad. Por un lado, el compromiso de la institución educativa, con directivos y docentes que sostienen diariamente una realidad compleja y que fueron parte activa para que el comedor funcione dentro de la escuela.

A esto se suma el trabajo del Ministerio de Educación de la provincia, a través de la Regional de Educación de San Cristóbal, desde donde se llevaron adelante las gestiones administrativas necesarias. Esto incluyó el traslado de dos cargos específicos para el funcionamiento del comedor —personal que hoy cumple tareas en la institución— y también la provisión del mobiliario indispensable para que el servicio pueda ponerse en marcha.

Es decir, hubo una intervención concreta del ámbito educativo provincial y de la comunidad escolar, que permitió que esta necesidad tenga una respuesta organizada.

El municipio y un protagonismo que no tuvo

En contraste con estos hechos, el municipio local difundió un video e imágenes intentando instalar un relato propio, donde se muestra al intendente Andreychuk como figura central, incluso con un tono de “salvador”.

Pero no hay sustento en la realidad que respalde esa construcción.

El municipio no gestionó los cargos, no proveyó el mobiliario y no fue parte de la decisión que permitió el funcionamiento del comedor.

No es una diferencia de interpretación: es atribuirse algo que no hizo.

Una práctica que se repite mientras lo básico falla

Este tipo de acciones no son aisladas. Forman parte de una lógica de gestión basada en la apropiación comunicacional, donde se intenta capitalizar lo que otros hacen.

Mientras tanto, los problemas que sí son responsabilidad directa siguen presentes: calles en mal estado, desagües sin mantenimiento, servicios básicos que no responden. Se construye imagen, pero no se resuelven prioridades.

El fondo que no cambia

Que 50 alumnos puedan acceder a un plato de comida en su escuela es algo necesario. Es una respuesta concreta y valiosa frente a una necesidad real.

Pero incluso con todo este contexto, hay algo que no se modifica: la necesidad sigue estando. No desaparece, no se resuelve de fondo.

Y ahí es donde aparece la pregunta incómoda, la que no suele formar parte de los mensajes celebratorios: ¿por qué cada vez más estudiantes dependen de la escuela para poder alimentarse?

Reconocer el trabajo de quienes realmente intervinieron es fundamental. Valorar el compromiso de la escuela y las gestiones provinciales también.

Pero al mismo tiempo, es necesario no perder de vista lo esencial: esto no debería ser normal.

Porque cuando garantizar un plato de comida depende de estructuras de emergencia, lo que está en evidencia no es un logro para celebrar, sino una realidad que exige ser pensada con mayor profundidad.

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